Cuando visitamos por primera vez la casa de Ourense, había cosas que saltaron a la vista. Varias ventanas estaban viejas y en mal estado, la puerta principal era horrible y el portón de madera estaba medio podrido y comido por los bichos.

Como el antiguo propietario ya había pedido presupuesto para las mismas cosas, le pedimos que nos diera el contacto de la empresa. Además, en la casa habían quedado guardados unos perfiles de aluminio, material que supuestamente formaba parte de ese presupuesto. La lógica era sencilla: si trabajábamos con la misma persona, nos descontaría lo correspondiente a ese material ya comprado.
Otro detalle importante era el color. Las ventanas que ya estaban instaladas eran de un gris plateado que, siendo honesta, a mí no me entusiasma. En mi cabeza, el color de la casa lo marca la canaleta, porque la canaleta no se puede cambiar. En este caso es de un tono entre salmón y naranja, así que mi primera idea era poner las ventanas en un color parecido. Igual que en mi casa de Porto: allí la canaleta es gris y los marcos de las ventanas son gris oscuro, todo coordinado.
Como en la casa de Ourense ya había varias ventanas nuevas en gris plateado, no valía la pena perder esas ventanas solo por el tema estético. Así que decidí que lo mejor era seguir la misma línea: tanto las ventanas nuevas como la puerta irán en el mismo color de las que ya están, para que todo mantenga una estética uniforme.
Cuando compramos en abril, contacté directamente con este señor que le había hecho el presupuesto al antiguo propietario. Vino a tomar las medidas y me dijo que lo más pronto que tenía disponibilidad era para septiembre.
Yo estaba desesperada, porque la puerta de la casa cerraba mal, y el portón del garaje —esa madera podrida y asquerosa— cada día me parecía más urgente de cambiar.
Le dije que sí, que quería avanzar y que me pusiera en la lista de espera para cuando tuviera hueco en septiembre. Finalmente, me envió el presupuesto con un descuento de 900 €, correspondiente al material que ya estaba en la casa.


Lo que sí me llamó la atención fue que, en primer lugar, las ventanas nuevas que ya estaban instaladas en la casa de Ourense eran de mejor calidad que las que tenemos en nuestra casa de Porto. Además, el presupuesto que me dio este señor para un portón, una puerta y cuatro ventanas —dos de ellas ventanales grandes del salón— me pareció bastante accesible (luego nos enteramos de que lo que nos iba a instalar era de mala calidad).
A partir de ahí comenzó la parte menos agradable de la historia. Este señor me había dicho desde el principio que no tenía disponibilidad hasta septiembre, así que yo esperé pacientemente. Desde abril hasta septiembre, seis meses completos, sin pedir otros presupuestos ni buscar a nadie más, porque confié en que él cumpliría su palabra. Cada tanto le iba recordando el tema, por si necesitaba recoger el material que estaba guardado en el garaje o adelantar algo. Incluso le pregunté si, mientras tanto, podía al menos instalarme el portón, que estaba podrido y cayéndose a pedazos. Respondía con cierta demora, pero respondía.
La cosa empezó a torcerse en verano. Él me había comentado que se iba de vacaciones los últimos quince días de agosto, así que el 1 de agosto le escribí para avisarle que yo también me iría de viaje del 19 al 29 de septiembre, y que necesitaba que la instalación estuviera hecha antes del 19. Si me había prometido septiembre, lo lógico era que pudiera cumplirlo a comienzos del mes.
Su respuesta me dejó helada: que entonces ya lo dejábamos para inicios de octubre. Yo, con toda la paciencia del mundo, acepté. Aun así, el 1 de septiembre volví a escribirle para recordarle el asunto y asegurarme de que no se olvidara
No supe nada de él hasta el 7 de septiembre, cuando me respondió para decirme que estaba de vacaciones. Vacaciones que, según él mismo me había dicho, terminaban a finales de agosto, no en septiembre. A partir de ese mensaje, simplemente desapareció. Le escribí varias veces, le insistí, y nada. Más nunca me contestó.
Y así quedé: seis meses esperando a una persona que, al final, me dejó tirada.
Le dejé la reseña negativa, por supuesto, pero eso no me quita el perjuicio: medio año perdido. A todo esto, se suma un problema aún más grave: estamos entrando en el invierno y yo sigo con las ventanas viejas, con una puerta que no cierra bien y por donde se cuela el agua, y sin un portón en condiciones. Si empieza a llover no se puede hacer la instalación hasta que deje de llover, así que el retraso se multiplica. Es decir, además del tiempo perdido, ahora tengo un perjuicio real: una casa expuesta al frío y la humedad por culpa de alguien que no cumplió su palabra.
Lo peor es pensar que podría haber resuelto todo mucho antes con cualquier otra empresa, sin esta pérdida de tiempo absurda.
Cuando volví de mi viaje a Escocia, el 29 de septiembre, confirmé lo evidente: el hombre no iba a aparecer. Así que me puse en marcha. Empecé a buscar empresas por todas partes, escribí correos, pedí contactos y recomendaciones. Una empresa me respondió rápido por email, luego vino un técnico recomendado por el carpintero que me hizo la cocina —vino el fin de semana del 10 de octubre a tomar medidas—, y otra empresa que conocía de Porto también se pasó a mirar el trabajo.
Las nuevas empresas me hablaron de plazos de dos meses. Nada que ver con la espera del irresponsable de Aluangel.
Aunque ya había contactado con varias empresas, ninguna me daba buena espina como para avanzar seriamente. Había una que respondía por email, pero la verdad es que no transmitía mucha competencia: aparecían una vez cada dos semanas, luego enviaron a alguien a medir, y más tarde me enteré de que ni siquiera había medido bien. Para rematar, después de esa visita tampoco me mandaron un presupuesto actualizado. Quedaba clarísimo que tenían pocas ganas de trabajar.
Ya desesperada hablé con mi vecina Julieta para ver si su hijo podía ayudarme. David trabaja en una empresa de aluminio y hierro, pero a otra escala: hacen estadios de fútbol, edificios enteros; nada que ver con poner un portón en una casa particular. Aun así, le pedí si podía ayudarme de algún modo.
David trajo a un herrero y encargamos el portón prácticamente de inmediato, con instalación prevista —en teoría— para noviembre.
El primer fin de semana de noviembre volvió también el profesional recomendado para la parte del aluminio. Él ya había tomado algunas medidas con David, pero quería hablar conmigo personalmente.
Yo ya le había enviado un presupuesto previo que tenía de otra persona, recomendado por el carpintero. Pero más tarde descubrí que aquel supuesto recomendado me había mentido en prácticamente todo: me aseguró que el color que yo quería para las ventanas era un “color especial”, carísimo, y que para abaratar había que poner otro color por dentro; me dijo que debía elegir otro tipo de cristal, etc. Después de tanto cuento, me presentó un presupuesto de casi 11.000 euros.
Este nuevo profesional —Juan— revisó todo y fue clarísimo: lo que me había dicho ese hombre era mentira. Especialmente lo del color: como mucho, poner otro color por dentro podía ahorrarme unos céntimos, así que no tenía ningún sentido. Además, me explicó que las ventanas nuevas que ya estaban instaladas en la casa eran de mucha menor calidad en comparación con lo que se está colocando hoy en día.
Yo, sinceramente, pensaba que esas ventanas eran buenas. De hecho, eran mejores que las que tenemos en Porto. Pero para una casa en un sitio tan frío como éste, no eran lo más adecuado. Hoy en día lo normal es poner ventanas con triple cristal, y aquellas no cumplían ese nivel de aislamiento.
Juan me enseñó el modelo de ventanas que él suele instalar y me explicó el asunto del color: las ventanas ya instaladas era un modelo antiguo que ya no se fabrica; incluso las manillas han dejado de producirse. Por eso, aunque intentaríamos que las nuevas fueran lo más parecidas posible, no serían exactamente iguales, porque ese diseño ya no existe en el mercado.
Fue, además, el único que vino con todo: catálogos, muestras, ejemplos. Nos explicó cada detalle para dejar todo claro antes de avanzar. Me dijo que me enviaría el presupuesto actualizado y así lo hizo: casi 6.400 euros. Era más caro que lo que había presupuestado Aluangel, pero más razonable que la barbaridad del otro señor, que me pedía casi 11.000 euros.
Cuando me envió el presupuesto, lo acepté al momento. Le pedí que encargara el material cuanto antes, porque además me había dado un plazo de espera razonable. Si avanzábamos rápido, tendría las ventanas y la puerta instaladas antes de Navidad.
El 28 de noviembre, David me avisó que el herrero pasaría a instalar el portón. Sin embargo, pronto notamos un detalle importante: en la parte inferior derecha del portón había quedado un espacio grande. Debido al desnivel del suelo, el portón no se ajustó perfectamente, y aunque el herrero comentó que fabricaría una pieza adicional para colocarla en la parte inferior y reducir al mínimo ese espacio, aún quedaba pendiente su colocación.


A esto se sumaba la falta de remates con cemento. Yo había imaginado que el mismo equipo del portón se ocuparía de eso, pero no fue así, así que le pedí a mi vecino que me hiciera el favor de completar esos remates. Cuando llegamos ese viernes, nos dimos cuenta además de que el viejo portón de madera seguía allí.
Afortunadamente, a inicios de la semana siguiente, ya en diciembre, mi vecina Julieta y Ricardo se ofrecieron a ayudarnos a retirar aquel portón de madera. Lo cortaron en pedazos y lo quemaron en nuestro horno. Gracias a eso, al menos una parte del trabajo quedó finalmente resuelta. Ahora solo faltaba que el herrero regresara para instalar la pieza que completaría el portón.


El sábado 27 de diciembre, Juan me escribió para informarme que el lunes 29 y martes 30 de diciembre realizarían la instalación de las ventanas y la puerta. Le expliqué que nosotros no estaríamos en la casa, ya que el domingo regresábamos a Porto, pero que mi vecina Julieta se quedaría encargada de abrirles la puerta y de ayudarles en todo lo que necesitaran durante esos días.
Como en otras ocasiones, Julieta nos fue enviando fotos del proceso y, además, a través de la cámara de seguridad pudimos seguir parte de la instalación. A simple vista, todo parecía haber quedado correctamente.
En cualquier caso, teníamos previsto volver a la casa de Ourense el fin de semana del 9 de enero, momento en el que comprobaría personalmente el resultado final de la instalación y procedería a pagar la parte restante del presupuesto.
El 30 de diciembre terminaron de trabajar a las 10 de la noche y Juan me mandó fotos del resultado.

El fin de semana del 9 de enero fui a la casa para comprobar cómo había quedado el trabajo y me llevé una grata sorpresa. La verdad es que había sido un trabajo muy bien hecho. Quizá había algún pequeño detalle que yo habría mejorado en los acabados de masilla o silicona, pero, en general, el resultado fue excelente.
Quedamos con Juan para pagarle la parte que faltaba y, además, le pedí presupuesto para otras cosas que aún quedaban por hacer en la casa. También nos comentó que, en el caso de las ventanas que ya habían sido cambiadas, pero no eran de la misma calidad, en lugar de sustituir toda la instalación se podía optar por cambiar únicamente los cristales. Es una opción que tendremos en cuenta si, después del verano de 2026, vemos que conviene mejorar el aislamiento de las ventanas más antiguas.
En conclusión, a pesar de la pésima experiencia que tuvimos con la empresa Aluangel —con la que perdimos más de seis meses de espera—, finalmente encontramos a una persona que realizó el trabajo de forma excelente y que, además, nos queda como contacto de confianza para futuras necesidades. De nuevo, al igual que ocurrió con la obra de la cocina, esta fue una historia con final feliz, a diferencia de tantas experiencias traumáticas que habíamos tenido con nuestra casa de Porto.



TOTAL:
Portón: 1600 euros
Puerta y ventanas: 6400 euros
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