Luego de comprar la casa en Ourense, comencé a investigar sobre empresas de construcción que tuvieran la capacidad de gestionar y hacer todas las obras que yo necesitaba.
Ya había tenido excelentes experiencias con profesionales independientes, pero cuando necesitas hacer un trabajo que incluya varias cosas (albañilería, electricidad, carpintería), es mejor buscar una empresa que lo gestione todo. Así que esta vez me propuse encontrar una empresa completa, que se encargara de todo el proceso sin que yo tuviera que coordinar a varios profesionales.
Buscando por la zona, encontré a Paco Pisco e Hijos, una empresa de construcción civil. Les envié un mensaje de contacto y, al día siguiente, me respondieron dándome un número de WhatsApp y me atendió un chico llamado Jonathan, que en principio fue amable y correcto.
Quedamos para ver la casa un sábado a las 9 de la mañana, ya que entre semana no estoy por allí. Tenía todo organizado: después de la visita pensaba ir con Diego a ver autos usados, ya que necesitábamos cambiar nuestro vehículo.
Pero las cosas no empezaron bien. Jonathan me avisó por mensaje que llegaba 15 minutos tarde y realmente fue una hora completa de retraso, con lo cual ya me arruinó el plan de la mañana y tuve que posponer toda la visita de carros para el fin de semana siguiente.
Cuando por fin llegó, tomó algunas medidas y empezó a hacer sugerencias. Pero la sensación que me dio fue de falta de criterio técnico. Lo que más me chocó fue que insistía en poner pladur por todas partes, incluso en paredes de piedra. Y claro, si compré una casa de piedra fue precisamente porque me encanta su estética rústica ¿Qué sentido tendría cubrirlo todo de yeso?
Según él, las paredes de piedra acumulan más humedad y era mejor cubrirlas con pladur. Pero sinceramente, eso no se correspondía con la realidad. Tengo termómetro y medidor de humedad en esa casa, y la casa de Ourense tiene menos humedad que mi vivienda en Oporto, que está completamente forrada de pladur. Así que la excusa técnica tampoco se sostenía.
De todas formas, dejé que terminara de tomar las medidas y no quise entrar en más debates. Le pedí presupuesto para la reforma integral del baño y de la cocina. En ese momento no le hablé de la reforma de la ruina, un proyecto mucho más grande que tengo pendiente, porque prefería probar primero con algo pequeño.
Mi idea era sencilla: si trabajaban bien y con criterio, entonces sí, ya podríamos pasar a una obra de mayor envergadura.
Pero lo que vino después ya terminó de confirmar mis sospechas. Pasó un mes entero hasta que Jonathan volvió a escribirme. Me dijo que había tomado mal las medidas de la cocina y que tenía que volver a pasar por la casa. Imaginen el nivel de organización. En ese momento estábamos de viaje, así que le dije que cuando volviera le avisaba.
Cumplí mi palabra: al regresar, lo contacté por WhatsApp y le dije mi disponibilidad, y jamás volvió a responder.
Luego me enteré, preguntando por la zona, que iban con retrasos en varias obras, especialmente en las casas de clientes de Madrid que veraneaban allí. Estaban a contrarreloj intentando terminar las obras que ya tenían en marcha. Y claro, los pequeños proyectos locales, como el mío, simplemente los dejaban en espera o directamente los ignoraban.
Aun así, lo lógico hubiera sido comunicar que no les interesaba avanzar con mi proyecto de momento.
De hecho, una de las tantas empresas que contacté, me respondieron que tenían tanto trabajo que ni siquiera estaban dando presupuestos. Que como mínimo en 6 meses no tenían disponibilidad.
Tiempo después entré en Google Maps para dejar una reseña negativa, contando mi experiencia. Y la respuesta pública de la empresa fue tan increíble como poco profesional: escribieron algo así como “menos mal que les habían advertido de no hacer ningún trabajo con nosotros, que había sido la decisión correcta”.
Imagínense eso. Primero, nosotros somos nuevos en la zona, nadie nos conoce. ¿Quién los iba a “advertir” de no hacer una obra con nosotros? Y segundo, ¿una empresa seria se guía por chismes? Porque, sinceramente, parece que Pepe Pisco e Hijos se dedica más a escuchar rumores que a trabajar.
Lo más paradójico es que, después de leer semejante respuesta, me quedé tranquila. Pensé que al final fue una suerte que no llegáramos a nada. Porque una empresa se mide no solo por cómo trabaja, sino también por cómo responde ante una crítica.
Una empresa profesional, ante una reseña negativa, pide disculpas, reconoce el problema y se ofrece a enmendarlo. Eso demuestra gestión, empatía y respeto por el cliente. En cambio, responder de forma agresiva o despectiva, intentando dejar mal al cliente, solo demuestra falta total de profesionalismo.
Si ni siquiera tienen a alguien que sepa gestionar su imagen pública, ya se puede imaginar cómo gestionan las obras.
Indicios de publicidad engañosa
Al indagar más sobre Paco Pisco e Hijos, fui a su página web y otros perfiles en internet. Ahí encontré varias afirmaciones llamativas:
- Que tienen más de 25 años de experiencia.
- En otros sitios dicen que cuentan con más de 50 años de trayectoria.
- Pero al revisar el Registro Mercantil, descubrí que la empresa está registrada recientemente — ni siquiera cumple un año de operación real.
Es decir, ya desde su publicidad en internet hay una contradicción evidente: por un lado, se venden como una empresa consolidada y veterana; por otro, los registros oficiales muestran que son completamente nuevos. Eso podría considerarse publicidad engañosa, porque induce al consumidor a pensar que contrata a una empresa con décadas de experiencia, cuando en realidad no es así.
En derecho mercantil, este tipo de afirmaciones falsas pueden ser sancionadas, ya que vulneran el principio de veracidad publicitaria y pueden constituir un engaño al consumidor, regulado en la legislación sobre competencia desleal y protección del consumidor.
Posible estrategia de reapertura con cambio de nombre
Otra cosa que me llamó la atención es que el almacén donde operan no parece nuevo. Es decir, el lugar físico ya estaba en uso antes de que esta sociedad apareciera en los registros. Eso me hace pensar que pudo existir una empresa anterior con otro nombre en el mismo local, y que cerraron la sociedad anterior para abrir una nueva.
Esto es una práctica relativamente común en algunos negocios con problemas económicos o legales: cierran la empresa vieja, se declaran insolventes o eliminan deudas pendientes, y luego reabren con un nombre nuevo, los mismos trabajadores y el mismo local.
Desde el punto de vista jurídico, si esa maniobra se utiliza para evadir responsabilidades, deudas o reclamaciones judiciales, puede considerarse un abuso de la personalidad jurídica. En esos casos, la ley permite lo que se conoce como “levantar el velo societario”, es decir, atribuir responsabilidad directa a los socios o administradores detrás de la empresa.
Incluso, si la empresa cerrada lo hizo con intención de evitar pagar a clientes o proveedores, podría haber indicios de quiebra fraudulenta, una figura reconocida en el derecho penal y mercantil que sanciona a quienes usan la insolvencia de manera simulada o dolosa.
Todo esto, sumado a la publicidad engañosa sobre su experiencia, pinta un cuadro preocupante que invita a reflexionar.
Reflexión final: lo que toda empresa debería aprender
- Cumplir los compromisos básicos — si se acuerda una hora, hay que respetarla.
- Escuchar al cliente y respetar su criterio estético y técnico.
- Responder con respeto ante las críticas. Una respuesta educada vale más que mil excusas.
- No mentir sobre la experiencia ni los años de trayectoria. La verdad siempre sale a la luz.
- Cuidar la atención al cliente y la reputación online. Una reseña mal contestada puede hundir una empresa.
Si alguien está pensando en contratarlos, mi consejo es claro: investiguen antes. Revisen los registros oficiales, comparen la información pública y no se dejen convencer solo por promesas de “décadas de experiencia”.
Porque, como aprendí por experiencia propia, a veces las empresas que más presumen son las que menos cumplen.
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