Hola a todos,
Hoy les quiero contar una experiencia que hace tiempo había dejado enterrada en el subconsciente por lo excesivamente traumática que fue.
Cuando estaba recién saliendo de la universidad en 2009 un amigo me dijo que había salido un puesto de auxiliar administrativo en una oficina de la Embajada de España en Caracas, exactamente en la Consejería de Empleo y Seguridad Social. Era una categoría que no tenía nada que ver con lo que yo había estudiado y un nivel por debajo del que yo me merecía, pero el sueldo era bueno.
En esa época eran 14 sueldos de un poco más de 1000USD. Ustedes piensen que, al cambio paralelo, ese sueldo era casi más que lo que cobraba un gerente general en una empresa en Venezuela. Además, estaba el supuesto “status” que te daba trabajar en un sitio como ése.
Este amigo era español y trabajaba en el Consulado de España y se ofreció a ayudarme a estudiar para el examen. Sí, había que hacer un examen largo y complicado sobre leyes españolas e incluso aprender a calcular pensiones. Eso era chino para mí. Pasé unos cuantos meses estudiando.
A este amigo lo conocía de un curso de francés al que iban otros funcionarios que también trabajaban en el Consulado de España y en algún café de compañeros del curso también había conocido al que sería mi jefe si quedaba en el puesto de trabajo.
El día del examen éramos 8 personas. Yo fui la única que resolvió correctamente el ejercicio de cálculo de pensión y tuve una puntuación total de alrededor de 9 sobre 10. Había otra chica que había pasado con 5 sobre 10 y según me dijo mi amigo, era hija de uno que jugaba golf con uno de los jefes de la oficina.
Luego hicimos una entrevista y me contrataron.
Comencé en enero de 2010 super ilusionada creyendo que iba a trabajar en un sitio normal con gente normal.
Cuando llegué fueron medianamente cordiales. Como el que iba a ser mi jefe estaba de vacaciones, me pasé un mes sin hacer absolutamente nada. Había dos cincuentonas, una venezolana sin pasaporte español que intentaba imitar el acento español y otra venezolana también, pero de padres españoles.
Estas dos mujeres eran las encargadas de “formarme” para el trabajo que tenía que hacer, cosa que hicieron pésimamente con la idea de que yo me equivocara y metiera la pata muchas veces.
Me enteré de que cada departamento era como una mafia y todos estaban en guerra con todos. Que había que ponerse en algún bando para que te protegieran o te darían cuchilladas de todas partes.
Al inicio, como yo era “muy simpática”, las que me tenían que formar empezaron a decir que yo me reía de los ancianos y con ésto fueron a envenenar al consejero.
El consejero era el jefe máximo y estaba un nivel por encima del que era mi jefe directo. Como era un auténtico subnormal, enseguida se fue a decirle a mi jefe que no pasaba los tres meses de prueba y que me despidieran. El que era mi jefe investigó la situación con todo el personal de la Consejería y en ese momento una de las dos tipas que habían hablado mal de mí fue la única que siguió con su cuento hacia adelante y lógicamente me renovaron el contrato ya que era su palabra contra la mía. Además, el resto del personal había dicho que no tenía ningún problema conmigo.
Para aclararles, mi idea era estar dos años y pedir una excedencia por asuntos propios; de esta forma tendría siempre un trabajo asegurado. Luego me enteré de que con un año era suficiente para tener derecho a la excedencia. Lógicamente yo no quería estar toda la vida de auxiliar administrativo y menos en aquel asqueroso lugar.
Además, les cuento un poco como funcionan este tipo de oficinas pertenecientes a consulados o embajadas de España.
Para los cargos altos, mandan a funcionarios desde España, o sea, nacidos en España. Éstos son los enchufados de los políticos de turno y los quitan y los ponen cada vez que cambia el gobierno. Mi jefe directo cobraba 18.000 euros al mes y el consejero, más de 22.000.
Si no se han quedado locos todavía, el Embajador cobraba más de 30.000 euros al mes y no tenía ningún gasto. Alojamiento, comidas, chofer, todo lo cubría el estado español, para él y su familia.
Luego estaba la gente nacida en Venezuela que era como el personal de relleno. Esta gente cobraba como yo y los que tenían bastante tiempo o los habían contratado con algún otro convenio (o eran amigos de alguien importante), podían cobrar entre 3000 y 6000 euros al mes.
Lo más absurdo es que yo no vi nunca gente tan absolutamente muerta de hambre y rastrera. Hacían toda clase de chanchullos y artimañas para sacar dinero y gastar lo mínimo.
Ustedes imagínense que se llevaban las medicinas de la oficina para no comprarlas con su dinero y se tomaban el café como si no hubiera un mañana porque era gratis. Aquello era alucinante.
No se lo pierdan, los que cobraban 5 cifras eran aún peores. El consejero, por ejemplo, era meramente un personaje de adorno, lo único que hacía era firmar cosas y leer el periódico. ¡Ah! Y fumar. Aunque estaba prohibido y había carteles por todos lados, la gente que allí trabajaba, fumaba tranquilamente en donde le daba la gana; el primero era el consejero dando el ejemplo en lo que a imbecilidad se refería.
Pero eso no es todo. La mayoría de los funcionarios españoles que iban a Caracas a trabajar les encantaba ir de prostitutas. Daba igual que estuvieran casados. Los que dejaban las familias en España, allí vivían como solteros. Los que tenían las familias en Caracas, aprovechaban los “viajes de trabajo” para contratar prostitutas. De hecho, cuando estuve trabajando allí, hubo muchas historias de funcionarios a los que los chantajeaban o que tenían asuntos raros que salían a la luz.
Yo no me podía creer que los españoles con sus impuestos estuvieran pagándole el sueldo a semejante escoria.
Además, les digo que con el poco trabajo que había, esa oficina podía funcionar perfectamente con menos de la mitad de empleados que tenía.
La oficina en la que yo trabajaba gestionaba las prestaciones asistenciales, las pensiones, las ayudas por estudios, las ayudas a los centros españoles, etc. No se pueden imaginar la corrupción que había en la repartición de ese dinero.
En las pensiones no porque eso en teoría se mandaba a España y lo aprobaban si se cumplía con los años de cotización. Pero el resto era una fiesta.
Las prestaciones asistenciales también debían ir por ciertos requisitos, pero me di cuenta de que la cosa dependía de si el que la pedía traía regalitos o no, de si caía bien o no, o de si tenía algún enchufe o algún conocido. Los ancianos que por alguna razón les caían mal a las que atendían al público, no iban a sacar de ahí ni un euro, daba igual las veces que fueran a quejarse.
En cuanto a las ayudas para los centros españoles también la cosa funcionaba por enchufes y contactos. Los funcionarios encargados de la asignación de dichas ayudas se paseaban por los centros a comer y beber gratis (como si les hiciera falta) y a recibir regalos. Al final, quién mejor conectado estaba y daba mejores regalos, era el que recibía más dinero del gobierno español.
O sea, que estos fabulosos funcionarios además de cobrar un dineral comían gratis en los centros españoles y recibían favores o regalos de todos los establecimientos interesados en tener ayudas de España.
Eso no es todo. Ustedes no se pueden imaginar lo mal que hablaban estos funcionarios españoles de los venezolanos y del resto de nacionalidades en general. Para ellos los venezolanos seguían siendo unos aborígenes con taparrabo y ellos iban a ser siempre lo conquistadores. Los venezolanos y los latinoamericanos en general eran gente de “nivel inferior”.
Lo más gracioso es que estos funcionarios no estaban en esos puestos ni por sus carreras, ni por sus másteres, ni por su trayectoria y mucho menos por sus idiomas, ya que ni inglés hablaban. Esa gente estaba allí porque tenían algún “amigo”.
Luego llegó el momento de hacer fé de vida. Todos los años el personal de la consejería se desplazaba por todo el país para renovar las prestaciones asistenciales de los ancianos. A los empleados les pagaban hotel y comidas, además de un plus por estar fuera, en USD.
Hasta aquí, todo normal, cubrían los gastos que te cubriría cualquier empresa. Lo que no era normal es que la gente no comía en todo el día para ahorrar y así luego cobraban todo el dinero de las dietas prácticamente neto. Y
Desde el primer viaje yo hice más renovaciones que el resto de la gente que tenía años trabajando allí. Nadie me felicitó, sino todo lo contrario, yo era una amenaza.
Desde el principio se esperaban que yo fuera un fiasco, que quedara mal. Sin embargo aprendí sola, trabajaba mejor que el resto y, por lo tanto, los dejaba mal. Además, para colmo, no tenía pasaporte español, lo que era una osadía de mi parte.
A este punto, si era simpática estaba mal, si trabajaba como debía también estaba mal. Probé a hacerme la loca y también estaba mal. Llegó un momento en el que exploté y comencé a responderle a cada quién como se merecía, también estaba mal.
Simpática, trabajadora, tonta, lenta, rápida, sumisa, dominante. Siempre terminaba jodida. Daba igual lo que hiciera.
Les explico otra cosa, allí no había manera de crecer ni subir escalones ya que los puestos altos eran cargos políticos para la gente que mandaban de España. Por lo que la gente se jubilaba con el cargo con el que entraba así tuviera 50 años trabajando allí. Por lo que esas guerras entre unos y otros no tenían ningún sentido. La competencia no tenía ningún sentido. Incluso si la gente no hacía nada, era imposible que los pudieran despedir.
O sea, para el que quería estar ahí toda la vida relajado, haciendo lo mínimo y sin necesidad de crecimiento profesional, ese era el trabajo perfecto. ¿No era mejor trabajar como gente normal y dejar de gastar energía en joderse la vida unos con otros? Porque es que aparte de hacerme la vida imposible a mí, también se la hacían entre ellos.
Incluso me contaron que una vez, uno de los funcionarios en un arranque de ira, había agarrado una máquina de escribir y la había tirado contra una ventana. Por lo que el estado español tuvo que pagar una ventana y menos mal que la máquina de escribir no le cayó en la cabeza a nadie, porque desde esa altura, lo hubiera matado.
Si ese hombre era capaz de hacer eso, imagínense el peligro que representaba para los que lo rodeaban.
El que era mi jefe directo al principio era justo, pero luego de viajar unas veces con él, la justicia se le acabó. Hicimos algunos viajes en grupo de esta gente que yo conocía y él pretendía que todos hiciéramos lo que a él le daba la gana. Además, iba siempre haciéndose el loco para no pagar su parte en muchas cosas (con el dineral que tenía). Por lo que en el último viaje yo me molesté y agarré por mi lado.
Ahí la cosa se puso peor porque ya perdí esa “protección” que me daba el hecho de que mi jefe fuera justo.
Ustedes no se imaginan la pesadilla que era aquello. Llegar a trabajar y que uno te grite, que el otro te tire la puerta, que otra te mande a hacer lo que le da la gana, que otro te insulte, que te llame el jefe para regañarte porque alguien le dijo algo. Ocho horas diarias de tortura psicológica. Luego quizás a alguien le servía que hicieras algo a su favor, entonces momentáneamente te trataban bien y te daban protección en “su clan”.
Como yo era la única delgada y que hacía deporte, entonces era anoréxica. Además, en esa época también tuve que poner mis redes sociales super privadas porque claro, quién sabe si me espiaban por ahí y sacaban algo más para acosarme.
La verdad es que de esta horrible experiencia podría escribir un libro, más que un post. Fueron más de dos años que aguanté allí no sé ni cómo. Tuve épocas en que llegaba todos los días a llorar a mi casa. Que no se lo contaba a mi mamá para no preocuparla y no se lo contaba a mi papá porque como tenía la mente envenenada por su pareja, tampoco le podía decir nada.
En septiembre de 2012 me fui de allí y ni me despedí de nadie. Todos se quedaron con la boca abierta porque ellos no tenían ningún sitio mejor a dónde irse. Yo sí.
Para mi salir de allí fue una liberación psicológica. Salí con un papel de excedencia y con un trabajo supuestamente seguro si necesitaba volver, pero con la certeza de que antes muerta que volver a ese infierno. Lo llamo infierno porque las palabras no me alcanzan para describir a la escoria que allí trabajaba, porque no tengo palabras que puedan transmitir la corrupción, el vicio, la toxicidad y lo pútrido de ese ambiente de trabajo. A mí casi me volvieron loca, no terminé con un problema psicológico de milagro.
Ni el dinero que gané ni la supuesta seguridad de siempre poder volver allí me compensan el maltrato, el acoso laboral y la tortura psicológica que sufrí. En aquel momento era ilusa y aguanté, hoy no duraría ni dos minutos en un sitio así.