Hola a todos,
En el verano de 2025, después de haber comprado nuestra casa en Ourense, nos vimos obligados a tomar una decisión práctica: cambiar de carro.
Los viajes de ida y vuelta desde Porto, casi todos los fines de semana, sumaban unas cuatro horas de carretera. El auto que habíamos comprado en 2023, pensado para ciudad, se había quedado pequeño y, sobre todo, poco adecuado para trayectos largos y frecuentes.
Esta vez quisimos hacerlo bien desde el principio. Para evitar estafas y complicaciones —algo que ya forma parte del paisaje mental cuando vives en Portugal— decidimos comprar el carro nuevo en España. Una vez lo tuvimos, pusimos a la venta el que usábamos en Porto.
Desde el inicio teníamos claro algo: no queríamos venderlo a un stand de compraventa. Sabíamos que nos ofrecerían menos de la mitad de su valor real. Así que optamos por venderlo entre particulares y lo publicamos en OLX, el equivalente portugués de Wallapop.
El problema de OLX y la falsa gratuidad
Aquí apareció el primer obstáculo. OLX permite publicar anuncios gratuitos durante un tiempo muy limitado. Pasado ese plazo, el anuncio se despublica automáticamente y la única opción para volver a mostrarlo es pagar.
No existe una forma real de “volver a empezar” con un anuncio gratuito.
Agotamos esa vía usando primero la cuenta de Diego y luego la mía. A finales de 2025, ya no había ninguna posibilidad de seguir anunciándolo en esa plataforma.
Regateos absurdos y desconfianza crónica
A esto se sumó lo de siempre: personas que, ante un auto anunciado por 4.500 o 4.000 euros, ofrecían directamente 2.000 o menos. Gente que ni siquiera filtra por precio y que intenta forzar rebajas imposibles, algo que ya había vivido también en España.
Pero lo que más me llamó la atención fue el miedo constante a ser estafados. Un miedo tan interiorizado que bloquea cualquier operación normal.
Preguntaban cosas básicas, desconfiaban de la documentación, de las inspecciones anuales, de los papeles oficiales. Incluso cuando explicábamos que las revisiones estaban al día y la documentación en regla, la respuesta era: “No confío en papeles”.
En Portugal es habitual manipular kilómetros, maquillar coches y vender auténticas trampas con ruedas. Eso ha generado un clima en el que nadie confía en nadie. Ni vender ni comprar un vehículo usado parece posible sin asumir que alguien va a salir perdiendo.
Llegué a entender que mi experiencia no era una excepción: los propios portugueses viven permanentemente a merced de estafadores, y esa realidad ha destruido la confianza básica entre particulares.
Cuando el cansancio ya es mental
Hubo preguntas que rozaban lo surrealista. Nos llegaron a preguntar si tenía “dirección asistida”, como si estuviéramos vendiendo un vehículo de los años 70. Daba la sensación de que muchas personas no tenían ni la más mínima idea de cómo funcionan los carros actuales, o preguntaban por preguntar, buscando cualquier excusa para desconfiar.
Después de meses así, yo estaba mentalmente agotada.
La diferencia que marca la confianza
Fue entonces cuando recurrimos a un amigo portugués que Diego conoció haciendo ciclismo. Le pedimos ayuda porque la situación se había vuelto absurda.
Él nos propuso dos opciones: un stand de compraventa de su confinza o que su nuera lo comprara. Para nosotros, esa segunda opción fue un alivio inmediato.
Eran personas de confianza. gente que conocíamos. El hijo de este amigo es, además, quien cuida nuestro perro cuando viajamos.
Habíamos comprado el vehículo por más de 6.000 euros en 2023 —un precio desorbitado, pero habitual en Portugal—. Empezamos vendiéndolo por 4.500, luego 4.000 y ya pensábamos bajarlo a 3.500. Finalmente, lo dejamos en ese precio y descontamos 150 euros más para cubrir el cambio de nombre y pequeños trámites.
Ellos, además, se lo llevaron con el depósito lleno. Un detalle impensable en un stand o en una venta cualquiera.
Un final feliz (y raro)
Así terminó esta historia. Sin abogados. Sin estafas. Sin problemas. Sin desgaste psicológico.
Una venta sencilla, entre personas, en un país donde casi todo suele acabar mal. Después de seis meses con el carro parado y cuando ya habíamos perdido la esperanza de venderlo a un precio razonable, este desenlace llegó casi como un regalo de Navidad.
Fue un auténtico win-win: ellos ganaron independencia y un buen negocio, nosotros cerramos un capítulo sin conflictos.
Un final feliz. Algo tan simple y tan poco habitual en Portugal.
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