Septiembre fue, literalmente, un mes perdido en la casa de Ourense. La reforma de la cocina comenzó el día 1 y quedó terminada el 19, justo cuando nosotros nos marchábamos a Escocia.
Cuando volvimos del viaje ya se había acabado septiembre, y el primer fin de semana tampoco fuimos por pura logística: estábamos en Porto organizando vídeos, fotos, posts y todo el contenido pendiente. Así que Ourense quedó en pausa más tiempo del que nos habría gustado.
A eso se sumaba otra preocupación: la persona que había hecho el presupuesto para cambiar las ventanas, la puerta y el portón —una obra clave para el aislamiento térmico antes del invierno— me había dejado tirada.
Así que cuando por fin retomamos la rutina en octubre, lo primero que hice fue pedirle a mi vecina Julieta que me ayudara a encontrar a alguien de confianza. Su hijo David no tardó en aparecer con soluciones. Llevó a un herrero —compañero suyo de trabajo, alguien de mucha confianza— que midió todo y por fin pudimos encargar el portón nuevo.
Afortunadamente, el portón quedó instalado en la última semana de noviembre, y solo faltaban los remates de cemento en los bordes, que los haría nuestro vecino Ricardo para dejarlo bien aislado. Un problema menos, por fin.
Después de la obra de la cocina también se resolvieron otros asuntos que me preocupaban. Ricardo —que merece capítulo propio en esta historia— se encargó de poner un piso seguro en el cuartito donde se corta el agua y la electricidad, que tenía un hueco de casi dos metros hacia abajo. Era incómodo y peligroso, y que él lo arreglara fue una mejora enorme, aunque visualmente pasara desapercibida.

Como si fuera poco, también cumplió uno de mis caprichos estéticos: los azulejos verdes de la cocina. Esos que no habíamos podido colocar durante la reforma principal por falta de albañiles disponibles. Nuevamente, mi vecino Ricardo fue quién se encargó de esta tarea.

Mientras tanto, David también me puso en contacto con un profesional de aluminios para resolver el tema de las ventanas y la puerta. Yo ya había hablado con varias empresas, pero ninguna me daba confianza: algunos no volvían a llamar, otros inventaban explicaciones absurdas; uno incluso llegó a decir que las ventanas por dentro debían ser de otro color para ser más baratas. Un disparate.
Pero el señor recomendado por David fue distinto. Llegó con catálogo, muestras, perfiles en mano, el único que explicó todo bien. Ahí nos dimos cuenta de que las ventanas presupuestadas por el primer proveedor —el que nos dejó mal— eran de baja calidad. En Galicia ya casi todo el mundo instala ventanas de triple cristal, mucho más aislantes, modernas y duraderas. La diferencia de precio no era enorme y tenía todo el sentido del mundo hacer las cosas bien desde el principio.
Seguimos sus recomendaciones, hizo el presupuesto, pagamos el 40% y quedamos a la espera. Lo mejor es que nos garantizó que la instalación estaría antes de Navidad. Después de haber perdido seis meses con el anterior, tener un plazo tan razonable era un alivio inmenso.
Mientras todo esto ocurría, varios fines de semana se nos fueron en algo agotador: recibir gente para pedir presupuestos que después no servían para nada. Pasábamos más de una hora con cada uno midiendo y conversando, y luego no enviaban nada o enviaban cifras absurdas. Para inicios de diciembre, lo único realmente concretado eran el portón nuevo, la puerta nueva y las ventanas. Todo lo demás seguía pendiente, y ya empezaba a asumir que el resto tendría que esperar al año siguiente.
Hubo también un fin de semana en noviembre en el que conseguimos avanzar por nuestra cuenta: armamos la puerta corredera de la cocina, una que habíamos comprado en Amazon. La pintamos y la instalamos. No es la puerta más funcional del mundo, pero sirve para dividir un poco el espacio y dar privacidad, que era lo que buscábamos.

Para rematar, el último fin de semana de noviembre queríamos seguir pintando las columnas del garaje, pero la casa decidió sorprendernos con un problema eléctrico. Tuvimos que volver a Porto el mismo día y la avería recién se resolvió el lunes siguiente.
Así que, cuando miro hacia atrás, desde agosto hasta inicios de diciembre la sensación es clara: sí, avanzamos, pero a un ritmo que desesperaba. La cocina estaba preciosa, teníamos portón nuevo, azulejos nuevos, piso nuevo en el cuartito, puerta corredera lista e instaladores de ventanas en camino, pero faltaba mucho por hacer.
El fin de semana del 12 de diciembre volvimos por fin a la casa y nos llevamos la primera grata sorpresa: nuestros vecinos habían retirado el viejo portón de madera. La diferencia fue abismal. Estar dentro del garaje sin aquel portón atravesado cambiaba por completo la sensación del espacio.

Ese fin de semana tocó trabajar duro. Tuvimos que hacer una limpieza a fondo y encargarnos de varios arreglos pendientes. Habíamos comprado una nueva cámara de seguridad y un par de aspiradoras que había que instalar y organizar. Además, la casa había estado cerrada durante 3 semanas debido a un problema eléctrico. Nos encontramos con bastante suciedad acumulada y varios paquetes por gestionar.
En cuanto a la pintura, el avance fue más limitado de lo que nos habría gustado. Solo se pudo pintar una columna del garaje por completo, por lo que aún quedaban tres pendientes. Cada columna le llevaba a Diego prácticamente un día entero de trabajo, así que el proceso era necesariamente lento.
Aun así, fue un fin de semana productivo. Con un poco de suerte, antes de que terminara el año quedaría listo el portón, ya con la pieza inferior que le faltaba, además de la instalación de las ventanas y la puerta nuevas.


Entre el 25 y el 28 de diciembre, pasamos el que fue el último fin de semana de 2025 en la casa de Ourense. La idea era terminar de pintar las columnas del garaje que aún quedaban por hacer.
Fue un fin de semana especialmente duro por el frío. En Cenlle estuvimos entre cero y menos dos grados, y las estufas eléctricas que teníamos en la casa no daban abasto. En el mejor de los casos, en la zona del salón —que es un monoambiente— apenas se alcanzaban los 17 grados. En la cocina, donde no había posibilidad de instalar ningún sistema de calefacción, la temperatura era prácticamente la misma que en la calle.
Ese último fin de semana del año dejó claro que las estufas eléctricas no eran una solución viable y que necesitábamos, con urgencia, otro sistema de calefacción más eficiente, más ecológico y asumible económicamente. La estufa de pellets parecía la opción lógica, pero la realidad volvió a imponerse: no había stock inmediato y los plazos de entrega se iban hasta mediados de enero. A eso se sumaba la normativa, que exige que la puesta en marcha la realice un técnico certificado si no quieres perder la garantía, la posibilidad de reclamar o la cobertura del seguro.
Al final, la prioridad se impuso a cualquier otra consideración. Compramos la estufa de pellets por Amazon, con la idea de que el hijo de nuestra vecina se encargara de la instalación cuando llegara, y dejar para después el tema de la certificación. Lo urgente era poder calentar la casa de forma eficiente, porque seguir gastando dinero en estufas eléctricas para no pasar de 17 grados, con temperaturas exteriores bajo cero, no tenía ningún sentido. La estufa quedó encargada para mediados de enero.
Ese mismo fin de semana conseguimos terminar por fin de pintar las columnas del garaje, algo que llevábamos meses arrastrando, y fue un pequeño respiro.
El 27 de diciembre llegó además el mensaje de la empresa de aluminio confirmando que la instalación de las ventanas y de la puerta se haría el lunes y martes siguientes, 29 y 30 de diciembre. Como ya no estaríamos en la casa, dejamos una vez más todo en manos de Julieta —que hasta ahora nos ha salvado la vida en más de una ocasión— y de su hijo David, que también podía supervisar el trabajo. A nuestra vuelta, ya en enero, revisaríamos el resultado y cerraríamos el pago.
Ese fin de semana también dejó sitio para los pequeños detalles. Tuve que retirar las luces solares de la baranda de la terraza: estaban completamente llenas de agua y congeladas por dentro; mantener este tipo de iluminación exterior en invierno en Galicia es inviable. Además, colocamos por fin las manillas de la puerta rústica que separa la cocina del resto de la casa, un detalle sencillo pero necesario para que ese espacio empezara a funcionar como debía.
Dejamos también el garaje limpio y despejado, preparándolo para lo que vendrá a partir de enero: darle forma a mi futuro gimnasio y montar el mueble para la lavadora y la secadora, que ya estaba encargado al carpintero. No fue un fin de semana fácil ni cómodo, pero sí productivo.
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