Cuando compramos la casa en abril de 2025, reformar la cocina no estaba en nuestros planes. No porque fuera nueva ni especialmente moderna, sino porque tenía un encanto rústico que encajaba muy bien con la estética de una casa de piedra en una aldea de Ourense. Tenía esa calidez de lo tradicional, y en las primeras visitas nos parecía perfecta tal como estaba.
Pero una cosa es ver una cocina y otra muy distinta es usarla.
Bastaron un par de semanas para darnos cuenta de que su diseño, aunque bonito, no encajaba con nuestro día a día. El primer gran obstáculo fue la cocina de leña: ocupaba mucho espacio, y aunque es un elemento precioso y muy típico en casas antiguas de Galicia, para nosotros era inútil. Ni la usábamos ni estábamos habituados a cocinar así. Su presencia, más que funcional, era un estorbo.
Decidimos ponerla en venta en Wallapop.
Después vinieron las carencias modernas: no tenía lavavajillas, no había vitrocerámica ni horno, y ni siquiera existía un espacio pensado para colocar el microondas. Los enchufes estaban mal distribuidos, el almacenamiento era limitado y la encimera, aunque de buen material, era fea. Por si fuera poco, funcionaba con fuego de gas, algo a lo que yo ya no estoy acostumbrada y que me resultaba menos seguro y práctico.
Había un detalle estético que también me incomodaba: los muebles altos tenían puertas con cristal, dejando a la vista todo lo que se guardaba dentro. Puede parecer un detalle menor, pero para alguien como yo, que siempre se inclina por el minimalismo, no hay nada más incómodo que ver una estantería llena de cosas cada vez que entras en la cocina. Prefiero superficies limpias, cerradas y sin ruido visual.
Por eso, aunque sabíamos que había que reformarla, también sentíamos que era una pena deshacerse de ella. Las puertas de los muebles eran de madera de castaño, una madera noble, resistente y duradera, que nada tiene que ver con los muebles de formica que traen muchas cocinas modernas. Esa calidad hacía que, de alguna manera, nos costara más tomar la decisión de empezar de cero.
Aun así, todo nos llevó a la misma conclusión: para que la cocina funcionara para nosotros, había que replantearla por completo.

El primer paso fue pedir precios. La primera persona a la que se lo pedimos fue quien vino a resolver un problema de polillas en uno de los muebles de la cocina. Como era carpintero, aproveché para pedirle un presupuesto completo para el cambio. Me dijo que serían unos 7.000 € aproximadamente.
Hasta ahí todo bien, pero el problema fue la forma en la que me lo envió: una foto de algo escrito a mano, sin desglose, sin detalles y sin ningún formato profesional. Esa falta de formalidad me dio desconfianza. Y es que, con mi experiencia en Porto, aprendí que cuando alguien te manda un presupuesto así, seguramente te terminan estafando.
Sin embargo, cuando pedí otros presupuestos, la sorpresa fue que todos se disparaban por encima de los 10.000€, así que esa primera opción ya no parecía tan descabellada. Además, desde el principio este señor había sido muy buena gente con nosotros: nos regaló el veneno para las polillas, siempre estaba disponible para resolver dudas y era muy simpático. Esa confianza y cercanía hicieron que finalmente decidiéramos darle la oportunidad.

Ya a finales de julio, después de ver otras cocinas y tomar más ideas, lo llamé para que volviera a tomar medidas y hacer una modificación importante en el diseño original. Inicialmente había pensado colocar el horno debajo de la vitrocerámica, como se hace en muchas cocinas tradicionales. Pero después me decidí por algo más moderno: una columna en el lateral derecho donde irían juntos el horno y el microondas, a la altura perfecta para usarlos sin agacharse.
En cuanto al color y el estilo, yo tenía la idea de una cocina negra con azulejos verdes. Sin embargo, esta opción se descartó porque el carpintero no hacía trabajos de alicatado, y encontrar un albañil disponible sólo para poner unos azulejos verdes era imposible en ese momento. Así que finalmente optamos por muebles negros y mantener la pared de piedra tal como estaba. De todos modos, la idea de los azulejos verdes queda para un futuro, si conseguimos un albañil de confianza que pueda hacerlo.


En otra visita, el carpintero nos trajo las muestras de la piedra para la encimera, que era otro detalle clave del diseño. Habíamos valorado muchas ideas: madera, que descartamos por la humedad; otro material muy usado en baños de centros comerciales, que descartamos porque el carpintero no podía cortarlo; y finalmente elegimos mármol negro, que combina perfectamente con los muebles negros y aporta elegancia y durabilidad.
A inicios de agosto ya habíamos decidido los últimos detalles: la cocina sería negro mate, y acordamos cómo repartiríamos la compra de electrodomésticos: el carpintero se encargaba de comprar el fregadero, el grifo y la campana extractora, mientras que nosotros comprábamos horno, lavavajillas y vitrocerámica. El microondas, que ya teníamos desde que compramos la casa, tendría un espacio reservado en la columna diseñada por el carpintero.
El episodio IKEA
Por curiosidad y buscando algo rápido, pedimos presupuesto en IKEA. Imaginaba que sería más ágil gracias a su sistema automatizado, pero resultó ser todo lo contrario:
- Cuando la cocina tenía detalles en mármol, IKEA no podía hacer la instalación.
- Si la pared era de piedra, tampoco instalaban.
- No incluyen fontanería ni electricidad, y dependiendo de la ubicación de la casa, no entregan los muebles en el domicilio.
- Además, había que comprobar si la tienda local tenía acuerdos con profesionales para poder completar la instalación.
El resultado: nos dijeron que podríamos estar semanas sin cocina, lo cual era inaceptable. Además, el precio final era más caro que el presupuesto inicial del carpintero. Concluimos que IKEA, aunque rápida en teoría, no servía para nuestro caso ya que nuestro carpintero podía tener la cocina lista en una semana.
Un detalle sobre los tiempos de espera
Hay que destacar que conseguir gente para hacer trabajos en la casa —ya sea albañilería, carpintería o cualquier otro oficio— es realmente complicado. Con este carpintero, por ejemplo, nos tuvimos que anotar en una lista de espera desde abril, y recién tendría disponibilidad para comenzar con nuestra cocina a inicios de septiembre. Así que para que se hagan una idea, cualquier cosa mínima que quieras hacer en tu casa implica meses de espera.
Como el carpintero se iba de vacaciones los últimos 15 días de agosto, habíamos quedado en que volveríamos a hablar el 1 de septiembre y fue él mismo quién me escribió el 31 de agosto para preguntar cuándo podíamos ir a la casa de Ourense a entregarle la llave y concretar todos los detalles.
Como tenía prisa por arrancar el trabajo, y justo coincidía que del viernes 5 de septiembre al lunes siguiente era fiesta en Rivadavia, tuvimos que organizarnos rápido. Así él podía tomar las medidas a tiempo y pasárselas al marmolista, de manera que la encimera de la cocina llegue lo antes posible.
Así que, aunque no lo teníamos en los planes —porque pensábamos ir a Ourense recién el viernes 5 y pasar allí el fin de semana—, al final nos tocó adelantar el viaje. El martes 2 de septiembre pasamos primero por su taller, donde nos mostró los muebles que ya tenía prácticamente terminados.
La verdad es que nos volvió a dar muy buena vibra: se nota que es alguien competente y responsable. De allí fuimos juntos a la casa, le entregamos las llaves, le enseñamos cómo cerrar y abrir el agua, y sin perder tiempo se puso a desmontar la cocina. Yo pensaba que esos muebles viejos, aunque eran de madera maciza de castaño —y por tanto bastante caros en su momento— terminarían desechados por la mancomunidad, pero para mi suerte mi vecina Julieta los quiso y se los regalé.
Ese mismo día bajamos todos los muebles de la cocina que Manuel desmontó y los fuimos dejando en el garaje. También aprovechamos para desmontar la cocina de leña que había puesto en venta en Wallapop, una verdadera mole de hierro fundido que debe pesar unos 300 kilos. El gran reto era bajarla por las escaleras sin destrozarnos en el intento. Primero lo intentaron Diego y Manuel, pero era imposible moverla entre los dos. Yo ya había hablado con Julieta para que vinieran Ricardo y su hijo a echarnos una mano, pero eran las dos y media y aún no habían llegado. Así que Julieta llamó a otro vecino, que además es bombero, y gracias a él logramos armar un equipo improvisado: Manuel, Diego, el bombero, Julieta y yo. Entre todos, con mucho esfuerzo, lo conseguimos.
Cuando terminamos, Manuel se marchó diciendo que al día siguiente volvería con el fontanero. Nosotros, en cambio, esa misma noche regresamos a Porto, porque ya sin cocina no había ni dónde lavar un plato: por más que comiéramos un simple sándwich, no teníamos cómo limpiar después. Así que lo más práctico fue volvernos.
Al día siguiente, 3 de septiembre, vimos por las cámaras de seguridad que el carpintero ya estaba de nuevo en la casa trabajando, y para completar, Julieta empezó a llevarse los muebles viejos del garaje. Todo iba quedando bastante bien encaminado y, poco a poco, la obra de la cocina iba tomando forma.

El 4 de septiembre el carpintero me envió fotos de cómo estaba quedando la cocina. Ahora sólo faltaba que el marmolista tuviera lista la encimera.

El miércoles 10 de septiembre pregunté al carpintero cómo iba la situación con el marmolista, ya que lo único que faltaba para finalizar la cocina era que estuviera listo el mármol de la encimera. Me respondió que ese mismo día el marmolista comenzaba los trabajos. Posteriormente, el viernes 12 de septiembre, me envió unas fotografías en las que se apreciaba la cocina casi terminada, comentándome que solo quedaba pendiente la parte de fontanería y la colocación de un enchufe conforme a mis indicaciones.
Según lo acordado, esas tareas se realizarían el lunes 15 de septiembre. No obstante, le informé al carpintero que, dado que el día 19 de septiembre me marchaba de viaje hasta el 30, no me desplazaría esa semana a la vivienda de Ourense, ya que tenía compromisos en Porto. Le indiqué, además, que acudiría el fin de semana del 3 de octubre para verificar personalmente el estado final de la obra de la cocina y proceder al pago de la cantidad pendiente.

Finalmente, el 19 de septiembre el carpintero me avisó que ya estaba terminada la cocina y me mandó las fotos.

El fin de semana del 10 de octubre es que pudimos ir a la casa de Ourense a seguir con las labores pendientes y a verificar que la obra de la cocina estuviera perfecta.

Aunque la reforma ha sido un proceso largo y lleno de decisiones, el esfuerzo y la espera han valido la pena. Tener una cocina completa y funcional se sentía un lujo.
Por otra parte, Manuel no podía haber sido más profesional y competente, me quedé maravillada porque hasta la silicona la puso impecablemente.


A finales de año mi vecino tuvo disponibilidad y me puso los azulejos verdes como quería desde el inicio.

Precio de la cocina: 6263 euros
Electrodomésticos (horno, vitro y lavavajillas): 1050 euros
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