Hola a todos,
El 11 de abril nos compramos una casa en Cenlle, una pequeña aldea de Ourense. Desde el primer momento, lo que más nos atrajo fue la tranquilidad que ofrecía el lugar: nada de ruido, de gente por las calles, solo paz. Ideal para comenzar una nueva etapa.
Al llegar a la casa, nos encontramos con una señora en la casa de enfrente. Decidimos ir a presentarnos. Su nombre era Julieta. Ya los expropietarios nos habían dicho que Julieta y Ricardo, los vecinos, eran maravillosos. Y al conocerla, la impresión fue buena: cálida, simpática, acogedora.
Aunque al principio nos dijeron que la venta de la casa se debía a una separación entre los antiguos propietarios, nosotros pensábamos que era mentira
Sergio y Susana, los expropietarios, habían comprado la casa en agosto de 2024, pero en diciembre ya la ponían a la venta. Esto nos hizo sospechar que la razón real de la venta era algo más que una simple separación. Pensamos que tal vez querían deshacerse de la casa por algún otro motivo que no nos estaban contando.
La comunicación durante el proceso de compra fue extraña. Cada detalle, cada pregunta que les hacíamos, se convertía en una batalla de tiempos. Sergio, quien era el principal contacto, siempre decía que tenía que consultarlo con Susana, y a veces pasaban días antes de que nos respondieran.
Cuando llegamos a la escritura, Sergio parecía francamente devastado. Se veía triste, agotado, como si solo quisiera que todo acabara de una vez. Aunque Susana se mostraba amable en ese momento, pronto nos dimos cuenta de que su actitud tenía algo extraño.
Cuando Sergio, en un momento de silencio, dijo «Aún confío en ti», la frase nos hizo pensar que había algo mucho más complicado entre ellos. Probablemente, una infidelidad.
A medida que pasaban los días, Julieta nos fue contando más detalles. Según ella, Susana, quien era originaria de las Baleares, apenas venía a la casa. Pasaba pocos fines de semana con Sergio, lo que hacía que Julieta sospechara que Susana tenía otra vida en las Baleares, tal vez incluso otra persona.
La casa parecía una metáfora de la relación rota entre Sergio y Susana. Un lugar mal cuidado, y una sensación general de abandono. No podían ni siquiera haber pintado bien, ni colocado una lámpara correctamente. Era lógico pensar que Susana, al ver el desorden y la falta de responsabilidad de Sergio, decidió dejarlo.
Las sorpresas siguieron. Poco después de mudarnos, descubrimos goteras importantes y un problema serio de termitas. Según la ley, esos son vicios ocultos y responsabilidad de los anteriores propietarios. Por lo tanto, le dijimos a Sergio que resolviera los problemas.
Él dijo que lo haría, pero pidió que mandáramos todo también a Susana. Como la comunicación entre estos dos iba tan mal, creamos un grupo de WhatsApp para facilitar la comunicación entre todos. La respuesta fue inmediata: Sergio se salió del grupo, y Susana, lejos de ser comprensiva, reaccionó de manera agresiva. Incluso tuve que amenazarla con que mi abogado se involucraría si no se solucionaba la situación.
Fue entonces cuando entendimos que Susana, en la escritura tan simpática, debía ser bipolar o, simplemente, alguien muy diferente de la persona que mostró en el primer encuentro. Su actitud por WhatsApp no tenía ningún sentido, y nuestra paciencia se agotó rápidamente.
A medida que Julieta nos contaba más sobre el pasado de los expropietarios, comprendimos mejor lo que había sucedido. Aunque al principio dudábamos de la separación, ella nos confirmó que Susana se había ido en noviembre, solo tres meses después de comprar la casa.
Según Julieta, Sergio, lejos de estar tan traumatizado, había traído a una mujer a la casa poco después de que Susana se fuera. Esta mujer, según Julieta, no era ninguna amiga con Alzheimer, como Sergio dijo, sino alguien más.
Al final, todo encajó. Susana venía a la casa, veía el desastre, la falta de mantenimiento, y se daba cuenta de que Sergio no era la persona con la que quería estar. No valía la pena dejar su vida en las Baleares para mudarse a una casa en ruinas con un futuro incierto a su lado.
Mientras tanto, en el lado luminoso de esta historia, estaba Julieta. Desde el primer fin de semana, ella fue lo que se dice una vecina de oro. Cada vez que me veía me preguntaba cómo íbamos, cómo iba la limpieza. Y claro, yo le iba contando las cosas horribles que encontrábamos. Ella nos dijo que Sergio tenía 2 gatos y al perro encerrado todo el día en el garaje.
Cuando me vio barriendo, se ofreció a ayudarme. Me dijo que su marido tenía un aparato para rociar la lejía con más facilidad. Y así fue como empezó una cadena de pequeñas grandes ayudas. Ricardo apareció con ese aparato y también con otro para limpiar el musgo de las escaleras con agua a presión. No solo nos lo prestó: se quedó ayudando todo el rato. Luego nos dio una mano para mover un barril enorme del garaje que no podíamos levantar entre los dos. Cosas que solos nos habrían tomado días, ellos las resolvieron en un rato, sin pedir nada a cambio.
Con la casa también habíamos comprado tres terrenos. Antes, Julieta y Ricardo los trabajaban con un acuerdo informal con Sergio: los cuidaban y cultivaban, y a cambio le daban parte de lo cosechado. Cuando le pregunté a Julieta si quería mantener ese trato, me dijo que ya se había perdido la temporada de papas. Que Sergio se fue sin avisar, sin despedirse, y sin decir qué pasaría con los terrenos.
Yo le dije que manteníamos el acuerdo ya que nosotros no íbamos a hacer nada con esos terrenos hasta que no termináramos con todas las cosas pendientes de la casa. El fin de semana siguiente, el terreno ya estaba limpio.
En una de nuestras charlas, le conté que lo único que quería plantar a corto plazo era un limonero. Que cada mañana tomaba agua con limón, y que no podía empezar el día sin eso. Y al rato volvió con una bolsa llena de limones. Y también con una botella de licor de café. Todo eso el primer fin de semana, sin conocernos casi.
Me encantó su reacción cuando le conté que éramos veganos. No se rió, no preguntó cosas absurdas, no hizo comentarios desubicados como suele pasar. Simplemente asintió, lo entendió y nunca volvió a mencionarlo. Nos sentimos respetados de verdad.
Otro fin de semana nos regaló una bolsa de habas, y en general, siempre nos recibía con algo de comer.
Y como en toda historia… la villana
Cenlle tiene su personaje oscuro. Una señora que se cree la dueña de la aldea, estaciona donde le da la gana, bloquea los garajes de Julieta, y el nuestro.
El primer fin de semana vino de muy malas maneras a decirnos que no podíamos estacionar donde estábamos, aunque no molestábamos a nadie.
Julieta nos contó que esta señora también dejó de hablarles a ellos por culpa, entre comillas, de Sergio y Susana. Resulta que, en invierno, Susana quería sacar leña de la ruina y el auto de esta mujer estaba bloqueando la salida. Sergio le dijo a Julieta, quien fue a hablar con la señora para que tomara conciencia. Desde ese día no volvió a dirigirles la palabra ni a Julieta ni a Ricardo.
Además, esta señora vive con un señor de 93 años que yo pensaba que era el padre. En realidad, es un hombre que se trajo a vivir con ella para quedarse con el dinero de la herencia cuando muera.
Hasta el momento, esa ha sido nuestra historia con los vecinos. Un comienzo de película: con personajes raros, una casa llena de sorpresas, pero también dos vecinos increíbles que nos ayudaron muchísimo durante los primeros tres fines de semana de trabajo, y que además nos entretienen con los chismes de la zona.
Pero aun tengo que contarles sobre la peor vecina, una que es incluso peor que la villana y que se ha dedicado durante años a acosar a Julieta y Ricardo.